Nieva en Buenos Aires, un fenómeno atípico que solo ocurre en las páginas del mítico cómic del guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López; y, ahora también en la nueva adaptación de Netflix de El Eternauta. Una historia nacida en la Argentina de los años 50 que aún hoy tiene vigencia con un mensaje que resuena más fuerte que nunca.
En seis episodios nos muestran la historia de Juan Salvo, un veterano de Malvinas, que lidera un grupo de sobrevivientes en su lucha contra una invasión alienígena que usa la nieve como arma letal. A medida que la ciudad se sumerge en el caos, los personajes enfrentan dilemas morales, desesperación y la constante amenaza de seres extraterrestres.
Desde el minuto cero en que empieza la serie hay algo que no pasa desapercibido. Las marcas. A lo largo de todo el viaje del héroe, en calles, carteles y hasta en objetos cotidianos, las marcas acompañan cada recorrido. Están ahí, visibles, sin disimulo. No son errores ni descuidos de producción: son decisiones conscientes.
El product placement (o emplazamiento publicitario) se trata de eso, de la inserción de un producto o marca dentro de una trama narrativa de un medio. Este recurso, popularizado en los 80 y usado principalmente en productos audiovisuales, integra las marcas dentro de la historia, haciéndolas parte del universo de los personajes.
En El Eternauta, este recurso no pasa desapercibido. Más de 40 marcas entre globales y nacionales forman parte del universo diegético, entre ellas: algunas vinculadas a cadenas de comida rápida, delivery, agua, artículos de limpieza, bebidas alcohólicas, bancos, aseguradoras, lubricentro, entre otras.
Desde la productora de la serie afirmaron que la inclusión de las marcas no era que obtengan un rédito económico, sino que buscaban hacer más realistas los escenarios por los que los personajes se desplazaban. Es decir, mostrar una Buenos Aires tal cual, reconocible, dado que en la vida real, como en la serie, sobrevivir también es convivir con lo que nos rodea.
Sin embargo, más allá de lo que la productora intente explicar, las marcas aparecen ahí, en exceso. En teoría, el product placement permite que una marca se haga visible, que quede en tu mente, pero sin que notes demasiado su presencia. En esta serie, en cambio, se recurre a ese recurso de forma constante, a lo largo de todo el audiovisual y en todos los episodios, de principio a fin.
Si bien con algunas marcas parece imposible quitarlas de escena (como aquellas que están en carteles visibles desde el exterior, por ejemplo los de supermercados), hay otras que claramente fueron colocadas adrede para que se noten, tales como: marcas de agua, bebidas alcohólicas, productos de limpieza, entre otros. Y sinceramente, dudo que, con el avance tecnológico con el que contamos hoy, no puedan disimular esas apariciones si realmente quisieran hacerlo. Por eso, más que una estrategia sutil, termina sintiéndose como una invasión pero no alienígena, como en la serie, sino publicitaria.
Los espectadores, por su parte, dividieron sus posturas respecto a este recurso, argumentando que el uso (y abuso) comercial en una historia con fuerte contenido político y simbólico podría romper con la atmósfera generada por la propia narrativa y distraer del mensaje original. Otros, en cambio, interpretaron que esa presencia de marcas es también una forma de anclar la ficción al presente, dado que en el cómic no aparecen nuevas tecnologías, como celulares y otros elementos que en la serie sí.
Pese a todo, si algo nos enseña la serie es que nadie se salva solo, incluso la productora que hizo el audiovisual y Netflix.
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